29 de marzo
Oseas 6:1-6 Salmos 51:3-4, 18-21 Lucas 18:9-14
la humildad es andar en verdad
“Porque el amor de ustedes es como nube matinal” (Oseas 6:4).
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El pasaje de Lucas 18:9-14, conocido como la parábola del fariseo y el publicano, es una joya del Evangelio que nos invita a reflexionar profundamente sobre la humildad, la oración y la relación con Dios, temas centrales en la doctrina católica. Jesús dirige esta enseñanza a quienes «confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás», ofreciendo un contraste entre dos actitudes ante Dios: la autosuficiencia orgullosa y la humildad penitente.
El fariseo, en su oración, enumera sus méritos: ayuna, paga el diezmo, no es como los pecadores. Su actitud refleja una justicia propia, un error que la Iglesia Católica ha advertido desde siempre. El Catecismo (n. 2559) enseña que «la humildad es la base de la oración», y el fariseo carece de ella. No busca a Dios, sino que se exalta a sí mismo, olvidando que toda virtud viene de la gracia divina, no del esfuerzo humano aislado. San Agustín, en sus Confesiones, lo resume con claridad: «Tú nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». El fariseo, al confiar en sus obras, se aleja de ese descanso.
Por otro lado, el publicano, un recaudador de impuestos despreciado por su oficio, se presenta ante Dios con sencillez y verdad. «No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo», dice el texto, y su única súplica es: «Oh Dios, ten compasión de este pecador«. Aquí vemos el corazón de la misericordia divina, un pilar de la fe católica. El Concilio de Trento reafirmó que nadie se justifica por sus propias fuerzas, sino por la gracia de Dios, que el publicano implora con fe. Su humildad lo hace receptivo a esa gracia, y Jesús concluye: «Les digo que este bajó justificado a su casa, no aquel».
Esta parábola nos enseña que la salvación no depende de un listado de buenas obras, sino de un corazón contrito y humilde (Sal 51:17). La oración del publicano prefigura el «Kyrie eleison» de la liturgia, un reconocimiento de nuestra dependencia de Dios. Santa Teresa de Ávila, en su Camino de Perfección, insistía en que «la humildad es andar en verdad», aceptando que somos pecadores necesitados de redención. El fariseo, cegado por su orgullo, no ve esta verdad; el publicano, en cambio, la abraza.
Hoy, Lucas 18:9-14 nos interpela: ¿Con qué actitud nos acercamos a Dios? ¿Nos justificamos ante Él, o reconocemos nuestra fragilidad? Jesús exalta al humilde y humilla al soberbio, recordándonos que el Reino de Dios pertenece a quienes, como el publicano, confían no en sí mismos, sino en la infinita misericordia del Padre. Es una llamada a vivir la virtud teologal de la esperanza, sabiendo que, como dice el Catecismo (n. 1817), ella «nos preserva de la desesperación» y nos abre al perdón divino.
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