Septiembre 7, 2025
Sabidurίa 9, 13-19 Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 Lucas 14, 25-33
XXIII Domingo Ordinario
Tú eres, Señor, nuestro refugio
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El Evangelio nos presenta a Jesús hablando a una multitud que lo sigue. No suaviza su palabra para atraerlos, sino que coloca ante ellos la radicalidad del discipulado: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo” (v. 26). A primera vista, estas palabras parecen duras, pero el Señor no manda un odio de aversión o desprecio, sino un desapego interior. El amor a Dios debe estar por encima de todo amor humano; de otro modo, el corazón quedaría dividido.
Santo Tomás de Aquino enseña que la caridad ordena los afectos (cf. Suma Teológica, II-II, q.26). No se trata de suprimir el amor a los padres o al prójimo, sino de amarlos en Dios y por Dios. Cuando Cristo pide “odiar”, está reclamando que, en caso de conflicto entre la fidelidad a Dios y los lazos humanos, prevalezca siempre Dios. Así se cumple lo que dice Santo Tomás: el bien común supremo —que es Dios— debe ser amado más que cualquier bien particular.
El Señor añade: “El que no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (v. 27). Aquí se revela la esencia de la vida cristiana: seguir a Cristo no es solo admirar su doctrina, sino participar de su entrega, abrazando las cruces diarias con paciencia y fe. Santo Tomás explica que la verdadera imitación de Cristo se da en la caridad perfecta, que no teme sacrificarse por amor. La cruz es, pues, la medida del amor: quien se rehúsa a sufrir por Cristo, tampoco podrá compartir su gloria.
Las parábolas de la torre y del rey en guerra (vv. 28-32) invitan a la prudencia espiritual. Antes de seguir a Cristo, es necesario considerar lo que implica: renunciar a sí mismo, a los bienes, incluso a la propia vida. Santo Tomás comenta que la prudencia cristiana consiste en ordenar los medios al fin, y el fin es la salvación eterna. De nada sirve empezar a edificar sin los recursos espirituales de la gracia y de la virtud; tampoco enfrentar la batalla contra el pecado y el demonio sin la fortaleza que viene de Dios. Por eso Cristo concluye con claridad: “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (v. 33).
Recoge este pasaje la enseñanza de que el discipulado no es una adhesión superficial, sino una entrega total. El cristiano no pierde nada al dejarlo todo por Cristo, pues gana al mismo Dios como herencia. Como afirma Santo Tomás, la caridad perfecta no admite rivales: Dios debe ser amado con todo el corazón, y todo lo demás debe ser subordinado a Él.
Así, este Evangelio nos interpela a examinar nuestras seguridades y afectos. ¿Amamos a Cristo sobre todo? ¿Estamos dispuestos a llevar la cruz y perseverar en la batalla espiritual? El seguimiento auténtico exige renuncia, pero conduce al descanso eterno en el Amor que nunca pasa.
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