7 de marzo de 2026
Miqueas 7, 14-15. 18-20 Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 Lucas 15, 1-3. 11-32
Sábado de la II semana de Cuaresma
El Señor es compasivo y misericordioso
#ecturadeldia
El Padre que Sale al Encuentro
En esta parábola, conocida como la del hijo pródigo, el Señor revela el corazón mismo del Evangelio. El contexto es significativo: publicanos y pecadores se acercan a escuchar a Jesús, mientras fariseos y escribas murmuran. La historia responde a esa crítica mostrando cómo actúa verdaderamente Dios frente al pecador.
El hijo menor exige la herencia, rompe la comunión y se marcha a un país lejano. La ruptura no es solo geográfica, sino espiritual. El pecado consiste en reclamar autonomía absoluta, pretendiendo vivir sin referencia al Padre. La miseria que sigue —hambre, degradación, soledad— manifiesta la consecuencia interior del alejamiento.
Cuando el hijo “entra en sí mismo”, comienza la conversión. No es todavía amor perfecto, sino reconocimiento de su necesidad. Según enseña Tomás de Aquino, la gracia mueve el corazón primero por temor o necesidad, pero lo conduce hacia la caridad plena. La iniciativa, sin embargo, es siempre del Padre.
El momento culminante es el abrazo. El padre no espera explicaciones completas ni impone condiciones previas; sale al encuentro, restituye la dignidad, devuelve el anillo, la túnica y organiza la fiesta. La misericordia no minimiza el pecado, pero lo supera con un amor mayor. La alegría no nace del mérito del hijo, sino del retorno.
La figura del hermano mayor introduce otra forma de alejamiento. Permanece físicamente en la casa, pero su corazón no participa de la misericordia. Su resentimiento revela una relación basada en cálculo y mérito, no en comunión filial. La parábola queda abierta, interpelando al oyente: ¿entrará o no a la fiesta?
Santo Tomás enseña que la misericordia es la manifestación suprema del amor divino hacia la miseria humana. Este pasaje muestra que el juicio de Dios no contradice su compasión, sino que la presupone. La conversión no es humillación destructiva, sino retorno a la verdad de ser hijos.
La parábola revela que Dios no se cansa de esperar, pero también que la libertad humana puede resistirse a la alegría del perdón. El centro no es el pecado del hijo, sino el corazón del Padre. Allí donde el hombre reconoce su pobreza, encuentra siempre un abrazo que lo restaura.
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