La Enseñanza de Jesús: Unidad y Victoria

27 de marzo

Jeremías 7:23-28 Salmos 95:1-2, 6-9 Lucas 11:14-23

El Vencedor

“…y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lucas 11:23).

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El pasaje de Lucas 11:14-23 nos sumerge en un momento vibrante del ministerio de Jesús, donde su poder divino se manifiesta y, al mismo tiempo, se enfrenta al escepticismo humano. Este texto revela la identidad de Cristo como el Hijo de Dios, el vencedor del maligno, y nos invita a una respuesta de fe inequívoca.

Comienza la escena con Jesús expulsando un demonio que había silenciado a un hombre. Este milagro, que devuelve la voz al mudo, es un signo tangible de la misericordia de Dios, que libera al ser humano de las cadenas del pecado y del mal. La tradición católica ve en estos actos de liberación una prefiguración del poder redentor de Cristo, que, según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 550), manifiesta el Reino de Dios al derrotar el dominio de Satanás sobre el mundo. El asombro de la multitud refleja la acción del Espíritu Santo, que despierta en los corazones el reconocimiento de la presencia divina.

Sin embargo, no todos responden con fe. Algunos acusan a Jesús de actuar por el poder de Beelzebú, mientras otros, insatisfechos, exigen más señales. Aquí vemos la dureza del corazón humano, una realidad que la Iglesia reconoce como obstáculo al Evangelio. Jesús, conociendo sus pensamientos, responde con sabiduría divina: un reino dividido no puede subsistir. Este argumento no solo desarma la lógica de sus detractores, sino que apunta a una verdad teológica profunda: el mal no tiene coherencia ni poder último frente a la unidad del plan de salvación de Dios. En la doctrina católica, Satanás es un «ángel caído» (CIC 391-393) cuya rebelión lo debilita intrínsecamente; Cristo, en cambio, es la roca firme sobre la cual se edifica la Iglesia (Mt 16:18).

Cuando Jesús pregunta cómo los exorcistas judíos expulsan demonios, desafía a sus acusadores a reconocer que el poder de Dios ya obra entre ellos, incluso antes de su venida. En el versículo 20, al decir “si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha venido a vosotros”, evoca el Éxodo (Ex 8:19), donde el «dedo de Dios» simboliza la intervención divina. Para la Iglesia, este «dedo» apunta al Espíritu Santo, que actúa en Cristo y continúa su obra en los sacramentos, especialmente en el Bautismo y la Confesión, que liberan del pecado.

La imagen del “hombre fuerte” y el “más fuerte” es una joya catequética. Satanás, el hombre fuerte, tiene un poder aparente sobre el mundo caído, pero Jesús, el más fuerte, lo despoja al triunfar en la Cruz. San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio, subraya que la misión de Cristo es “vencer al príncipe de este mundo” (Jn 12:31), y esta victoria se consuma en su Pasión, Muerte y Resurrección. Los “despojos” que reparte son las almas rescatadas, incorporadas a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios.

Finalmente, el versículo 23, “el que no está conmigo, contra mí es”, resuena con fuerza en la enseñanza católica sobre la libertad y la responsabilidad. No hay neutralidad ante Cristo: la fe exige adhesión total. El Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes, 22) nos recuerda que Jesús es el centro de la historia humana; rechazarle es desparramar, mientras que unirse a Él es construir el Reino. Para el católico, esto se vive en la Eucaristía, donde nos unimos a Cristo, y en la misión de la Iglesia, que recoge a los dispersos.

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