Lunes de la V semana de Cuaresma

March 23, 2026

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62 Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5-6 Juan 8, 1-11

Lunes de la V semana de Cuaresma

Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo

#lecturadeldia

Cuando todos tenían piedras… y solo uno tenía derecho a lanzarlas

El episodio de Juan 8, 1-11 —la mujer sorprendida en adulterio— no es simplemente una escena de misericordia, sino una revelación precisa del orden entre justicia, verdad y gracia. En este pasaje, Cristo no relativiza la ley; la lleva a su plenitud.

Los escribas y fariseos presentan a la mujer como un caso jurídico: “En la Ley, Moisés nos mandó apedrear a estas mujeres”. No buscan la verdad, sino poner a prueba a Cristo. Aquí se manifiesta lo que Santo Tomás de Aquino identifica como una desviación de la justicia: cuando la ley se usa sin rectitud de intención, deja de servir al bien común y se convierte en instrumento de condena (STh, II-II, q. 58). La ley, en sí misma, es buena; pero aplicada sin caridad, se vuelve incompleta.

Cristo responde con un gesto desconcertante: se inclina y escribe en el suelo. Los Padres de la Iglesia han visto aquí un signo deliberado. Para Santo Tomás, Cristo, como Legislador divino, no niega la ley mosaica, pero muestra que su correcta aplicación exige una condición moral: la integridad del juez. Por eso, su respuesta no es una abolición de la norma, sino una purificación del sujeto que la aplica: “El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra”.

Este momento es decisivo. Cristo no dice que la mujer sea inocente; tampoco dice que la ley sea injusta. Lo que hace es introducir una dimensión más profunda: nadie puede erigirse en juez absoluto cuando participa de la misma condición caída. Santo Tomás enseña que el juicio pertenece propiamente a quien posee rectitud de razón y autoridad legítima. Pero incluso la autoridad debe ejercerse con humildad, reconociendo la propia fragilidad (STh, II-II, q. 60).

Uno a uno, los acusadores se retiran. No porque hayan sido refutados lógicamente, sino porque han sido interpelados moralmente. Aquí se revela una verdad antropológica central: el hombre, confrontado con la luz de la verdad, reconoce su propia culpa. La ley escrita en piedra es superada por la ley inscrita en la conciencia.

Entonces queda el encuentro esencial: Cristo y la mujer. La miseria frente a la Misericordia, como diría san Agustín. “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella responde: “Nadie, Señor”. Y Cristo pronuncia una de las frases más precisas del Evangelio: “Ni yo te condeno; vete y no peques más”.

Aquí está el equilibrio perfecto entre justicia y misericordia, que Santo Tomás desarrolla con claridad: la misericordia no destruye la justicia, sino que la perfecciona (STh, I, q. 21, a. 3). Cristo no condena —acto propio de quien tiene autoridad divina—, pero tampoco absuelve sin transformación. Su perdón no es permisivo; es exigente. La gracia no solo cubre el pecado: lo sana y llama a una vida nueva.

El “no peques más” es fundamental. La misericordia auténtica no consiste en negar el mal, sino en liberar al hombre de él. Para Tomás, el pecado es una desordenación del acto humano respecto a su fin último, que es Dios. Por eso, el perdón implica una reordenación interior: la conversión.

Este pasaje también revela algo profundo sobre Cristo mismo. Él es el único verdaderamente sin pecado, el único que podría arrojar la piedra con plena justicia. Y, sin embargo, no lo hace. Esto no es debilidad, sino manifestación del plan salvífico: Dios no envía a su Hijo al mundo para condenar, sino para salvar (cf. Jn 3,17). La justicia divina no se ejerce primero como castigo, sino como redención.

En términos tomistas, podríamos decir que Cristo actúa aquí no solo como juez, sino como médico. No viene simplemente a declarar culpabilidad, sino a restaurar la naturaleza herida. La mujer no recibe solo absolución externa, sino la posibilidad real de una vida nueva.

En definitiva, Juan 8, 1-11 desmantela dos errores opuestos: el rigorismo que condena sin esperanza, y el relativismo que absuelve sin verdad. Cristo no cae en ninguno. Él revela que la verdad sin caridad es crueldad, y la caridad sin verdad es mentira. Solo en su unión perfecta —propia de Dios— el hombre encuentra salvación.

Y ahí radica la fuerza del pasaje: no se trata solo de una mujer salvada de la lapidación, sino de la humanidad entera confrontada con una pregunta silenciosa: cuando tengas la piedra en la mano, ¿mirarás primero el pecado del otro… o la verdad de tu propia alma?

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