NUESTRA SEÑORA, LA VIRGEN DE LOS DOLORES

JUNTO A LA CRUZ, MADRE DE NUESTRA ESPERANZA

Después de contemplar la Exaltación de la Santa Cruz, la Iglesia dirige su mirada hacia aquella que permaneció junto a la Cruz de su Hijo: María Santísima, Nuestra Señora de los Dolores. En ella contemplamos el misterio de una Madre que, unida íntimamente a Cristo, participa de manera singular en el sufrimiento de la Pasión.

El dolor de María no fue solamente el sufrimiento natural de una madre ante la muerte de su hijo. Su dolor estuvo profundamente unido a la obra de la Redención. Desde el comienzo de la vida de Jesús, María aceptó caminar por el sendero que Dios había dispuesto para ella, conservando en su corazón las palabras y acontecimientos que rodeaban la misión de su Hijo.

Por eso, la tradición de la Iglesia contempla los siete dolores de María, representados como siete espadas que atraviesan su Corazón.

La primera espada aparece en la profecía del anciano Simeón: «Y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lc 2,35). Después vendría la huida a Egipto, cuando María y José tuvieron que proteger al Niño Jesús de la persecución de Herodes. Más tarde, María experimentaría la angustia de la pérdida de Jesús en el templo de Jerusalén, hasta encontrarlo después de tres días.

Pero aquellos dolores eran solamente el comienzo.

María acompañaría a Jesús por el camino del Calvario. Lo contemplaría cargando la Cruz, herido y rechazado. Y finalmente permanecería de pie junto a la Cruz, viendo morir al Hijo que había recibido del Espíritu Santo.

Allí, al pie de la Cruz, se revela con particular profundidad el misterio de la Dolorosa. María no huye. No abandona a Cristo. Permanece. Su corazón maternal participa del sacrificio de su Hijo, mientras su fe permanece firme incluso cuando todo parece sumido en la oscuridad.

Después vendrían el descendimiento de la Cruz, cuando el cuerpo muerto de Jesús es colocado en sus brazos, y la sepultura del Señor, que deja a María en la soledad del Sábado Santo.

La tradición cristiana ha visto en estos acontecimientos una manifestación extraordinaria de la unión de María con Cristo. Ella no redime independientemente de su Hijo ni añade algo al sacrificio único y perfecto de la Cruz; su participación es la de una Madre asociada íntimamente al misterio de su Hijo y unida a Él por la fe y el amor.

Como enseñó san Juan Pablo II, María avanzó en su peregrinación de fe manteniéndose fiel hasta la Cruz. Allí su sufrimiento alcanzó una profundidad singular: sufrió con su Hijo y permaneció unida a Él en la esperanza.

Por eso, la Virgen de los Dolores también es Madre de nuestra esperanza. Su historia nos recuerda que el sufrimiento, cuando es vivido unido a Cristo, no tiene la última palabra. Después de la Cruz viene la Resurrección.

La Iglesia, al contemplar a María Dolorosa, aprende también a permanecer junto a quienes sufren. Aprende a no escapar ante la enfermedad, la muerte, la injusticia o la soledad. Aprende de María el silencio de quien confía cuando todavía no puede comprender.

Como expresó san Pablo VI al referirse a esta celebración, es una ocasión para venerar junto con el Hijo exaltado en la Cruz a la Madre que comparte su dolor.

Hoy, ante Nuestra Señora de los Dolores, podemos colocar nuestras propias cruces: las lágrimas que nadie conoce, las pérdidas, las enfermedades, las preocupaciones familiares y aquellas heridas que solamente Dios puede ver.

María estuvo junto a la Cruz de Jesús. También permanece junto a nosotros cuando llevamos nuestras propias cruces.

Y su presencia nos conduce siempre hacia Cristo.

Oración

Señor, tú has querido que la Madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la Cruz; haz que la Iglesia, asociándose con María a la Pasión de Cristo, merezca participar de su Resurrección.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

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